Deuda de recuperación

Moreno-Mateos, D., Barbier, E.B., Jones, P.C., Jones, H.P., Aronson, J.,  pez-López, J.A., McCrackin, M.L., Meli, P., Montoya, D. y Rey Benayas, J.M., 2017. Anthropogenic ecosystem disturbance and the recovery debt. Nature Communications8: 14163. Doi: 10.1038/ncomms14163  (http://www.nature.com/articles/ncomms14163.epdf?author_access_token=mYS1D5rh417_kU_R7yx4YtRgN0jAjWel9jnR3ZoTv0PGDGHG0HrqOwCgEapzAq9hfixhqvxg6USjtmPqTw69YxO0k5cBEGRuixv-CNhhR2xOTJXiEW1Ih3oBgrEW1iNf).

Resumen: “La recuperación de un ecosistema de las perturbaciones antropogénicas, ya sea sin intervención humana o asistida por la restauración ecológica, se está produciendo cada vez más a nivel mundial [aunque no puede compensar ni de lejos el nivel de perturbación, que es ascendente]. A medida que los ecosistemas avanzan en el proceso de recuperación, es importante estimar cualquier déficit resultante en la biodiversidad y en las funciones. Aquí se utilizan datos de 3.035 parcelas de muestreo en todo el mundo para cuantificar la reducción de la biodiversidad y de las funciones que se producen durante el proceso de recuperación (es decir, la “deuda de recuperación”). En comparación con los niveles de referencia, los ecosistemas recuperados presentan déficit anual de 46-51% para la abundancia de organismos, 27-33% para riqueza de especies, 32-42% para ciclos de carbono y 31-41% para ciclos de nitrógeno. Nuestros resultados son consistentes entre biomas, pero no entre factores degradantes. Nuestros resultados sugieren que los ecosistemas recuperados y restaurados tienen menor abundancia y riqueza y ciclos de carbono y nitrógeno más depauperados que los ecosistemas “inalterados”, y que incluso si se logra una recuperación completa, se acumulará una deuda provisional de recuperación. En tales circunstancias, aumentar la cantidad de ecosistemas menos funcionales mediante la restauración ecológica y la compensación son alternativas no adecuadas [óptimas] para la protección de los ecosistemas.” (El texto entre corchetes es mío).

Nuevas pruebas empíricas de que no llevamos buen camino, porque aunque cada vez ocurran más eventos de restauración, éstos no pueden compensar ni de lejos el nivel de perturbación creciente. Así que se junta el hambre con las ganas de comer.

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